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El lado inesperado del oficio: de la mugre a la Virgen

Por Redacción

El trabajo de tasar exige ojo técnico y conocimiento del mercado, pero también revela su costado insólito y -en casos- triste de la vida urbana. El profesional inmobiliario debe estar preparado para enfrentarse a situaciones que van mucho más allá de la medición de metros cuadrados. Ante la consulta de este diario, un tasador relató su experiencia en un departamento de 64, 3 y 4. Al entrar, encontró que tanto la escalera como el living estaban cubiertos por “un centímetro de tierra”, siendo los únicos espacios limpios los “caminitos” marcados por los pasos de la dueña. La suciedad era tal que la propiedad era “prácticamente inhabitable”. El profesional debió abortar la tasación, explicándole a la propietaria que en esas condiciones era imposible ofrecer la casa. Otro tasador contó sobre una visita extraña. En la recorrida por la casa, al llegar a una habitación, el dueño le pidió ingresar en silencio porque “estaba ocupada”. Adentro sólo había dos fotos: una actriz y la Virgen María. Poco después, en la cocina, el propietario se mostró muy preocupado: “No me comen” dijo, señalando envases de yogures. El tasador, ante la clara situación de desequilibrio, buscó una salida: “No se preocupe, déjelas que duerman”, dando por terminada la tasación. Un tercer colega, en la periferia de la Ciudad, se sintió intimidado cuando la dueña, tras hacerlo pasar, trabó la puerta con un palo. “No hace falta señora”, avisó pero tras un intercambio de “hace falta”, “no hace falta”, entró. Luego, más tensión: los ambientes cargados de ositos de peluche. Hasta ocupaban las sillas. Al subir a un altillo y la vista no mejoró porque del techo, en plan de exhibición, colgaba una cantidad difícil de medir de prendas de muñecas. En el piso, al medio de la habitación, una pileta de lona llena de osos de peluche. Llegó un poco agitado a la inmobiliaria. 
 

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